Todos sabemos que la relación que
existía hace unos años entre el profesor y el alumno, no tiene nada que ver con
la que existe en la actualidad. Anteriormente, el profesor únicamente se
dedicaba en transmitir unos conocimientos que él o ella poseía, sin tener en
cuenta si los alumnos/as lo habían comprendido o sin preocuparse por si todos
los niños y niñas de la clase seguían el ritmo. Sin en cambio, ahora son los alumnos/as
los que piden y tienen ganas de conocer y aprender, y es el profesor el que se
preocupa de cómo dar sus clases y de sus propios alumnos.
Si nos paramos a observar a los
niños y niñas, nos damos cuenta de que ellos tienen muchas ganas de descubrir y
aprender cosas nuevas, se interesan más por las tareas y tienen ganas de
trabajar con todo lo que les mandes. La tarea del profesor es preparar clases
novedosas y motivadoras para sus alumnos/as, dejarles que trabajen en grupo y
qué ellos descubran.
El profesor es el encargado de ofrecer todos los conocimientos que posee para que ellos los adquieran, de darse cuenta qué alumnos y alumnas necesitan
más apoyo o tienen un ritmo diferente al del resto de sus compañeros. También
debe reflexionar y pensar cuál es la mejor estrategia o método que puede llevar
a cabo en sus clases para que el aprendizaje de sus alumnos sea eficaz. Y no hay que olvidar que ahora el profesor
debe ser evaluado para comprobar si todo lo que está haciendo ha servido para
algo o no y revisar los posibles fallos que se hayan podido dar en el
desarrollo de las clases para no volver a repetirlos.
Definitivamente, los niños y niñas
de ahora tienen buenas actitudes hacia el aprendizaje, y tendrán muchas más
ganas si nosotros, los maestros y maestras, preparamos actividades en las que
ellos puedan descubrir nuevos conocimientos.
Yo creo que los niños de antes también tenían buenas actitudes para aprender, es algo innato en el ser humano.
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